Mogambo
Ya en la autopista Sur, la capital despide a los viajeros con un monumental trancón que dura más o menos una hora; queda tiempo entonces para imaginar el destino que nos espera en esta oportunidad: un jardín botánico en el municipio de Viotá, Cundinamarca. Casi sacado de una novela de realismo mágico, en medio de la cordillera Central y como parte del escenario donde las guerrillas liberales de la guerra de los Mil Días habían encontrado refugio, este pueblo es también cuna de un ‘jardín del Edén’. Esta iniciativa nació de un joven ingeniero forestal, quien impresionado por la exploración y el conocimiento otorgado por nuestras raíces indígenas, decidió junto con su esposa encontrarles un refugio a aquellos saberes tradicionales, para evitar que se olviden.
“Eran épocas donde a un no pedían posgrados ni nada, solamente sabían que Enrique Acero era un duro pa conocer árboles.” Mientras completaba su primer año de profesor en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, de donde es egresado, formó parte de un equipo técnico creado entre el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, el Ministerio de Defensa, el Centro Interamericano de Fotointerpretación, el Incora y la misma universidad para hacer el primer levantamiento de recursos físicos en la Amazonia colombiana, financiado por Holanda. Yo estaba recién egresado, salí en noviembre del 77 y entré de profesor en marzo del 78, eran épocas donde a uno no le pedían posgrados ni nada, solamente sabían que Enrique Acero era un duro pa conocer árboles”, relata con entusiasmo Luis Enrique. A partir de 1978, y hasta 1982, hizo parte del equipo de ocho o nueve profesionales, y las semillas que recolectaban eran traídas por ellos para su investigación y posteriormente utilizadas en el establecimiento y propósito del sendero. Ellos sabían qué plantas usar, cómo, para qué y cuándo usarlas, un conocimiento extraordinario que fue registrando y que sería uno de los pilares en su propio sendero.


“Aquí se enseña el uso de las plantas desde el punto de vista académico y serio, pero para no ser ‘ladrilludo’ y mamón, uno le mete esas cosas, sin que sea mentira por supuesto: hablamos del mito, la leyenda, la tradición oral, etc”, cuenta apegado a sus motivaciones principales, pues el profe suele destacar el papel de la narrativa. Detrás que cada árbol y cada flor puede que exista una historia fantástica, esas que por generaciones acompañaron a nuestros antecesores y que hoy en día se han ido perdiendo por culpa de una inminente desconexión con nuestra memoria. “Poco a poco, los jóvenes indígenas se desplazaban de su comunidad hacia centros poblados de Bogotá, Medellín, Cali e Ibagué, sin haber aprendido de sus padres y abuelos el saber tradicional sobre las plantas; este desaparecería entonces y era hora de recuperarlo”, resalta. Una preocupación que siempre lo acompañó en sus travesías –mientras caminaba largos trayectos o se desplazaba en lancha de un lugar a otro–, y que fue otra de las razones que motivó la creación de Mogambo, es que muchas especies de árboles, arbustos y bejucos valiosos que podían significar la redención económica de varias regiones de Colombia se estaban extinguiendo. “Enrique siempre decía ‘¿será que algún día vamos a verlo?’. Como símbolo de su creación y el nacimiento de este proyecto, la pareja sembró una semilla de carare. Con 38 metros de altura, este árbol representa toda una vida designada al refugio de más de 2.500 especies y la paciencia alrededor del cultivar sin la certeza de lado.
El recorrido
En un templado clima ideal, rodeados de reliquias indígenas otorgadas al profesor, entre las cuales se pueden identificar los arcos, dardos tradicionales, cerbatanas, morteros, entre otras, el recorrido empieza como si se estuviera presenciando una clase magistral.
Como si tuviese vida propia, el sendero se ha expandido en un ambiente que él mismo exigió y ha defendido, de sus suelos han nacido miles de especies debido a su fertilidad, lo que lleva a ser de su clasificación un largo y tedioso proceso.
Se dice que en Mogambo los mitos y las leyendas cobran vida, pues repartidas por el lugar se encuentran tres esculturas correspondientes a tres diferentes mitos recitados por el mismo profesor.
Después de pisar tantas hojas, los pies expresan cansancio; es aquí cuando el profe sienta a sus estudiantes, los pupitres son pequeños troncos y el escritorio es un largo pedazo de madera en la mitad de esos cuatro bambús que sostienen un techo, el cual sirve como resguardo cuando caen las fuertes lluvias.
Con 69 años, el profesor Acero sueña, junto con Leonor, con seguir expandiendo el sendero, hacer de las visitas un proceso más autónomo implementando tecnología que guíe al invitado, recolectar muchas más especies, seguir con la constante investigación y lograr fomentar en los jóvenes estudiantes que los visitan la posibilidad infinita que otorgan las plantas y el saber tradicional.
