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La guerra de los 1.000 días

La historia se remonta a comienzos del Siglo XIX, cuando dos hacendados extranjeros y uno colombiano se repartieron gran parte del municipio. Primero intentaron producir añil y caña de azúcar, pero con el paso del tiempo encontraron rentabilidad en los cultivos de café. Los terratenientes trajeron jornaleros de distintas regiones del país y les asignaron porciones de tierra que tenían que pagar con tres días de trabajo a la semana. En sus parcelas, los campesinos podían sembrar sus alimentos, menos café. Los jornaleros que sembraban café eran encarcelados y quienes cometían un mínimo error eran forzados a trabajar en la construcción del empedrado por donde transitaban los animales de carga.

En rechazo a estos maltratos, los campesinos comenzaron a organizarse en lo que más adelante se conocerían como las Ligas Campesinas. Como recuerda Marcos González, militante del Partido Comunista, en un acto de rebeldía, los jornaleros entraban en grandes grupos a los sembradíos de los patrones que ellos mismos habían trabajado y arrancaban los semilleros de café para sembrarlos en sus parcelas. A la mañana siguiente, los terratenientes obligaban a arrancar cada uno de los cultivos de café, “se convirtió en un juego de quitar y poner”, dice González. La Guardia de Cundinamarca, como era conocida la policía local en aquella época, reprimió violentamente a los miembros de las Ligas.

Los campesinos decidieron armarse y organizarse como Autodefensas Campesinas. Bajo la consigna “la tierra es para quien la trabaja”, invadieron sectores de las extensas fincas. Durante más de 30 años, la Liga parceló las tierras para que las familias

campesinas trabajaran con autonomía. Más y más jornaleros llegaron desde distintas regiones y la lucha campesina se fortaleció.

El trabajo de la Liga marcó a una generación. Desde su finca cafetera en la vereda Lagunas, tomando una taza de café, Vicente Reyes recuerda su niñez en las juventudes campesinas: “a nosotros nos tocaba jugar afuera a pie limpio, mientras los grandes estaban en sus reuniones. De Navidad los mayores nos daban regalitos y nos enseñaban canciones y consignas revolucionarias. Yo me acuerdo de mi mamá uniformada de miliciana, ella pertenecía a las Autodefensas de Masas, como los papás de muchos viejos aquí”.

Con el tiempo, los patrones decidieron vender parte los terrenos donde se fundaron haciendas como Ceylán, Liberia, Calandaima y Buena Vista. La Guardia de Cundinamarca, por su parte, fue perdiendo control de estas tierras con el avance de las Autodefensas Campesinas.

A finales del Siglo XIX y comienzos del XX, mientras la Liga Campesina peleaba por el derecho a la tierra, en el resto de Colombia liberales y conservadores se disputaban a muerte el control político del país en la Guerra de los Mil Días. En Viotá, el General Aurelio Mazuera y Antonio Morales, de la guerrilla liberal del Sumapaz, acordaron el fin de la guerra y firmaron en 1902 el ‘Tratado de Liberia’.

Ya en 1906, Viotá se consolidaba como uno de los grandes productores de café en Cundinamarca, con 25 haciendas cafeteras que producían más de 15.000 cargas de café al año, como recuerda Julio César Cepeda en su investigación Una aproximación histórica al municipio de Viotá.

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